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La Coctelera

Diario de traduccioneZ

Centro de análisis del hechicero Akiro, desde su cabaña en Cimmeria

19 Enero 2007

Hablemos de todo: también de Fidalgo

JULIO CASTRO
www.larepublica.es

Pasado el trago de estos días en que un grupúsculo de la derechona facciosa de toda la vida andaba intentando enmendar todo, desde el gobierno hasta la ciudadanía, y guardado el debido respeto por fomentar la unidad de acción, sobre todo de los ciudadanos y ciudadanas de este país (que creo que merecemos tod@s un respeto), también hay que hablar de cagadas y de autores de otra índole.

El pasado día 10, en medio de la convocatoria de manifestación unitaria por el atentado de ETA y su consecuencia más grave e inmediata, la muerte de dos trabajadores ecuatorianos, José María Fidalgo, el máximo “representante” de uno de los sindicatos mayoritarios de este país, Comisiones Obreras, salta a la palestra de los medios de comunicación a demostrar una vez más su mala uva, y su talante neofacha desde un sindicato que, me acuerdo yo, era socialista y de clase. Y como no tiene nada positivo que decir, arremete contra la convocatoria de la manifestación, diciendo que CCOO no debería "nunca" participar en movilizaciones contra el terrorismo "concebidas para sacar a la faz de la opinión divisiones en cuanto a la estrategia" (según recogieron rápidamente los medios más rancios y neofascistoides dependientes de la iglesia y el PP, aunque enseguida se desparramó por toda la prensa).

De Fidalgo, ya, casi nada me sorprende, pero hacer de coreógrafo de Rajoy y de Alcaraz me parece, sinceramente, repugnante. ¿Qué aguarda? ¿Un puestecillo en la FAES, o en Génova cuando le den el pasaporte en Comisiones Obreras? Aunque así fuese, me parece un exceso, por diversos motivos:

Porque era el sindicato Comisiones Obreras de Madrid, junto con la UGT, de Madrid también, los que promovían la manifestación organizada por la Federación Nacional de Asociaciones de Ecuatorianos de España.
Porque eran dos trabajadores inmigrantes los que habían sido asesinados, en condiciones precarias de vida en nuestro país.
Porque obligó a su propio sindicato en Madrid a hacer piruetas para no tener que acordarse de sus genes ante tales declaraciones y mantener el tipo con más ahínco pero perdiendo fuerza en la convocatoria (ahí, bien por Javier López, Secretario de Madrid).
Porque no aprendió nada con lo de SINTEL, con las numerosas meteduras de pata y abandonos.
Este individuo parece abocado a hacer todo el daño que pueda a su sindicato, que obviamente, cada vez va girando más a la derecha en su cabecera, ante el estupor y la impotencia de sus bases. Es como si la adaptación a la política neoliberal fuese absoluta, de manera que, si se consigue algo para los trabajadores, son subidas miserables alejadas de la realidad económica del país y la empresa, pero sobre todo, con propuestas de sometimiento alejadísimas de los derechos sociales, sindicales y laborales que, en muchas ocasiones, nada tienen que ver con la nómina.

No contento con la declaración anterior, añade “no sé quién va ir a la manifestación, ni si iré yo, no tengo ninguna decisión tomada”, y en un remate de inteligencia suprema, afirma “Esta manifestación no ha sido convocado por la comisión ejecutiva federal de CCOO sino por las organizaciones de Madrid de CCOO y UGT y la Federación Nacional de Ecuatorianos […] A mí no me incumbe como secretario general traducir lo que otros han hecho”. Si al Secretario General de CCOO no le incumben las decisiones de su sindicato, imagínense a los demás: es que nos la sudan… es un poco lo que se podría deducir de sus palabras, y me parece vergonzoso y ponzoñoso.

José María Fidalgo en cabeza de manifestación por asesinato de trabajadores ecuatorianos.
Foto: Julio CastroBueno, pues si no pensaba asistir, y resulta que le leyeron la cartilla (cosa que me parece adecuada, dado el cargo que ocupa), lo que me parece más asqueroso de su actitud es la de sumarse a la pancarta de cabecera, donde se lució (de nuevo, más solo que la una) durante todo el recorrido. Pero, además, en un brote de descaro, decidió subir al escenario que se había ubicado en la Puerta de Alcalá, al final del recorrido, dónde se lució durante todo el acto de lectura del manifiesto. Eso sí, no se le movió ni una arruga.

José María Fidalgo en el escenario tras manifestación por asesinato de trabajadores ecuatorianos.
Foto: Julio CastroNo soy ni he sido nunca de la UGT, porque me parece que está bastante alejada de mi ideología, pero por desgracia he de decir que sí he pertenecido a Comisiones Obreras. Estoy hasta el gorro de ver cómo entre una panda de personajillos destrozan lo que fuera un sindicato histórico, y como los verdaderamente históricos y los trabajadores actuales, lo sufren con vergüenza propia y ajena. A ver cuándo se produce un revolcón de esta masa parloteante que tanto daño viene haciendo a los trabajadores desde hace tantos años. Para contraste decir que, entretanto, José Ricardo Martínez, de UGT-Madrid, encabezó toda la manifestación, apoyado por Cándido Méndez que no hizo uso de protagonismos, sino, al contrario, fue, como fuimos la mayoría, a solidarizarse con dos trabajadores asesinados por el terror y a reclamar el fin de la absurda violencia.

No volveré a formar parte de un sindicato, en tanto no sea un sindicato obrero, de clase, que aboga por el socialismo, y que tenga verdadera conciencia de todo ello: de obrero, de clase y de socialista. Pero sobre todo, de sindicato. Igual no puedo volver a militar sindicalmente nunca. Bueno, siempre nos queda la solidaridad y las calles, que ya no son de Fraga.

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6 Enero 2007

La posición marxista acerca del terrorismo individual

LEON TROTSKY

Nuestros enemigos de clase tienen la costumbre de quejarse de nuestro terrorismo. No resulta claro que quiere decir. Les gustaría ponerles el rótulo de terrorismo a todas las acciones del proletariado dirigidas contra los intereses del enemigode clase. Para ellos, el método principal del terrorismo es la huelga. La amenaza de una huelga, la organización de piquetes de huelga, el boicot económico aun patrón superexplotador, el boicot moral a un traidor de nuestras propias filas: todo esto y mucho más es calificado de terrorismo. Si por el terrorismo se entiende cualquier que atemorice o dañe al enemigo, entonces la lucha de clases no es sino terrorismo. Y lo único que resta considerar es si los políticos burgueses tienen derecho a proclamar su indignación moral acerca del terrorismo proletario, cuando todo su aparato estatal, con sus leyes, policía y ejército no es sino un instrumento del terror capitalista.

Sin embargo, debemos señalar que cuando nos echan en cara el terrorismo, tratan, aunque no siempre en forma consciente, de darle a esta palabra un sentido más estricto, menos indirecto. Por ejemplo, la destrucción de las máquinas por parte de los trabajadores es terrorismo en este sentido estricto del término. La muerte de un patrón, la amenaza de incendiar una fábrica o matar a su dueño, el atentado a mano armada contra un ministro: todos éstos son actos terroristas en el sentido estricto del término. No obstante, cualquiera que conozca la verdadera naturaleza de la socialdemocracia internacional debe saber que ésta se ha opuesto de la manera más irreconciliable a esta clase de terrorismo.

¿Porqué? El "terror" mediante la amenaza o la acción huelguística es patrimonio de los obreros industriales o agrícolas. La significación social de una huelga depende, en primer término, del tamaño de la empresa o rama de la industria afectada; en segundo lugar, del grado de organización, disciplina y disposición para la acción de los obreros que participan. Esto es cierto tanto en una huelga económica como en una política. Sigue siendo el método de lucha que surge directamente del lugar que en la sociedad moderna ocupa el proletariado en el proceso de producción.

Para desarrollarse, el sistema capitalista requiera una superestructura parlamentaria. Pero al no poder confinar al proletariado en un ghuetto político, debe permitir tarde o temprano, su participación en el parlamento. En las elecciones se expresa el carácter masivo del proletariado y su nivel de desarrollo político, cualidades determinadas por su rol social, sobre todo por su rol en la producción.

Al igual que en una huelga, en las elecciones el método, objetivos y resultado de la lucha dependen del rol social y la fuerza del proletariado como clase.

Sólo los obreros pueden hacer huelga. Los artesanos arruinados por la fábrica, los campesinos cuya agua envenena la fábrica, los lumpenproletarios en busca de un buen botín, pueden destruir las máquinas, incendiar la fábrica o asesinar al dueño.

Sólo la clase obrera consciente y organizada puede enviar una fuerte representación al parlamento para cuidar de los intereses proletarios. Sin embargo, para asesinar a un funcionario del gobierno no es necesario contar con las masas organizadas. La receta para fabricar explosivos es accesible a todo el mundo, y cualquiera puede conseguir una pistola.

En el primer caso hay una lucha social, cuyos métodos y vías se desprenden de la naturaleza del orden social imperante; en el segundo, una reacción puramente mecánica que es idéntica en todo el mundo, desde la China hasta Francia: asesinatos, explosiones, etcétera, pero totalmente inocua en lo que hace al sistema social.

Una huelga, incluso una modesta, tiene consecuencias sociales: fortalecimiento de la confianza en sí mismos de los obreros, crecimiento del sindicato, y, con no poca frecuencia, un mejoramiento en la tecnología productiva. El asesinato del dueño de la fábrica provoca efectos policíacos solamente, o un cambio de propietario desprovisto de toda significación social.

Que un atentado terrorista, incluso uno "exitoso", cree la confusión en la clase dominante depende de la situación política concreta. Sea como fuere, la confusión tendrá corta vida; el estado capitalista no se basa en ministros de estado y no queda eliminado con la desaparición de aquéllos. Las clases a las que sirve siempre encontrarán personal de reemplazo; el mecanismo permanece intacto y en funcionamiento.

Pero el desorden que produce el atentado terrorista en las filas de la clase obrera es mucho más profundo. Si para alcanzar los objetivos basta armarse con una pistola, ¿para qué sirve esforzarse en la lucha de clases? Si una medida de pólvora y un trocito de plomo bastan para perforar la cabeza del enemigo, ¿qué necesidad hay de organizar a la clase? Si tiene sentido aterrorizar a los altos funcionarios con el rugido de las explosiones, ¿qué necesidad hay de un partido? ¿Para qué hacer mítines, agitación de masas y elecciones si es tan fácil apuntar al banco ministerial desde la galería del parlamento?

Para nosotros el terror individual es inadmisible precisamente porque empequeñece el papel de las masas en su propia conciencia, las hace aceptar su impotencia y vuelve sus ojos y esperanzas hacia el gran vengador y libertador que algún día vendrá a cumplir su misión.

Los profetas anarquistas de la "propaganda por los hechos" pueden hablar hasta por los codos sobre la influencia estimulante que ejercen los actos terroristas sobre las masas. Las consideraciones teóricas y la experiencia política demuestran lo contrario. Cuanto más "efectivos" sean los actos terroristas, cuanto mayor sea su impacto, cuanto más se concentre la atención de las masas en ellos, más se reduce el interés de las masas en ellos, más se reduce el interés de las masas en organizarse y educarse.

Pero el humo de la explosión se disipa, el pánico desaparece, un sucesor ocupa el lugar del ministro asesinado, la vida vuelve a sus viejos cauces, la rueda de la explotación capitalista gira como antes: sólo la represión policial se vuelve más salvaje y abierta. El resultado es que el lugar de las esperanzas renovadas y de la excitación artificialmente provocada viene a ocuparlo la desilusión y la apatía.

Los esfuerzos de la reacción por poner fin a las huelgas y al movimiento obrero de masas han culminado, generalmente, siempre y en todas partes, en el fracaso. La sociedad capitalista necesita un proletariado activo, móvil e inteligente; no puede por tanto, tener al proletariado atado de pies y manos por mucho tiempo. En cambio la "propaganda por los hechos" de los anarquistas ha demostrado cada vez que el Estado es mucho más rico en medios de destrucción física y represión mecánica que todos los grupos terroristas juntos.

Si esto es así, ¿qué pasa con la revolución? ¿Queda negada o imposibilitada? De ninguna manera. La revolución no es una simple suma de medios mecánicos. La revolución sólo puede surgir de la agudización de la lucha de clases, su victoria la garantiza sólo la función social del proletariado. La huelga política de masas, la insurrección armada, la conquista del poder estatal; todo está determinado por el grado de desarrollo de la producción, la alineación de las fuerzas de clase, el peso social del proletariado y, por último, por la composición social del ejército, puesto que son las fuerzas armadas el factor que decide el problema del poder en el momento de la revolución.

La socialdemocracia es lo bastante realista como para no desconocer la revolución que está surgiendo de las circunstancias históricas actuales; por el contrario, va al encuentro de la revolución con los ojos bien abiertos. Pero, a diferencia de los anarquistas y en lucha abierta con ellos, la socialdemocracia rechaza todos los métodos y medios cuyo objetivo sea forzar el desarrollo de la sociedad artificialmente y sustituir la insuficiente fuerza revolucionaria del proletariado con preparaciones químicas.

Antes de elevarse a la categoría de método para la lucha política el terrorismo hace su aparición bajo la forma del acto individual de la venganza. Así fue en Rusia, patria del terrorismo. Los azotes a los presos políticos llevaron a Vera Zasulich a expresar el sentimiento de indignación general con un atentado contra el general Trepov. Su ejemplo cundió entre la intelectualidad revolucionaria, desprovista del apoyo de las masas. Lo que comenzó como un acto de venganza perpetrado en forma inconsciente fue elevado a todo un sistema en 1879-1881.Las oleadas de atentados anarquistas en Europa Occidental y América del Norte siempre se producen después de alguna atrocidad cometida por el gobierno: fusilamientos de huelguistas o ejecuciones de la oposición política. La fuente psicológica más importante del terrorismo es siempre el sentimiento de venganza que busca una válvula de escape.

No hay necesidad de insistir en que la socialdemocracia nada tiene que ver con esos moralistas a sueldo que, en respuesta a cualquier acto terrorista, hablan solamente del "valor absoluto" de la vida humana. Son los mismos que en otras ocasiones, en nombre de otros valores absolutos -por ejemplo, el honor nacional o el prestigio del monarca- están dispuestos a llevar a millones de personas al infierno de la guerra. Hoy su héroe nacional es el ministro que da la orden de abrir fuego contra los obreros desarmados, en nombre del sagrado derecho a la propiedad privada; mañana, cuando la mano desesperada del obrero desocupado se crispe en un puño o recoja un arma, hablarán sandeces acerca de lo inadmisible de la violencia en cualquiera de sus formas.

Digan lo que digan los eunucos y fariseos morales, el sentimiento de venganza tiene sus derechos. Habla muy bien a favor de la moral de la clase obrera el no contemplar indiferente lo que ocurre en éste, el mejor de los mundos posibles. No extinguir el insatisfecho deseo proletario de venganza, sino, por el contrario, avivarlo una y otra vez, profundizarlo, dirigirlo contra la verdadera causa de la injusticia y la bajeza humanas: tal es la tarea de la socialdemocracia.

Nos oponemos a los atentados terroristas porque la venganza individual no nos satisface. La cuenta que nos debe saldar el sistema capitalista es demasiado elevada como para presentársela a un funcionario llamado ministro. Aprender a considerar los crímenes contra la humanidad, todas las humillaciones a que se ven sometidos el cuerpo y el espíritu humanos, como excrecencias y expresiones del sistema social imperante, para empeñar todas nuestras energías en una lucha colectiva contra este sistema: ése es el cauce en el que el ardiente deseo de venganza puede encontrar su mayor satisfacción moral.

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2 Enero 2007

Perlas

...de Pascual Serrano :

Causas desconocidas
El 11 de diciembre, en TVE 1 hablan de un informe de la ONU que afirma que la mayoría de las mujeres de Africa y Asia sufren explotación y abusos laborales. Me pregunto por qué nunca dicen a manos de qué sistema económico y político sufren todo eso, porque no será por la ubicación geográfica de esos continentes.

Concepto de desastre
Durante el programa especial de TVE1 del 20 de diciembre celebrando el 50 aniversario de la cadena, Jesús Hermida repasa las noticias más destacadas de diferentes años. Tras las imágenes del tsunami, aparece un titular que dice “1986, rumbo al desastre”, y aparecen las escenas de la destrucción del Challenger”. O sea que el desastre fue "los seis muertos del Challenger" no los trescientos mil del tsunami.

Represión comunista
En ese mismo programa, informan sobre cómo “las autoridades comunistas reprimen en Tiananmen”. Me pregunto porqué no dicen “las autoridades capitalistas” cuando la represión es en México, Seúl o Bagdad.

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12 Diciembre 2006

La revuelta húngara de 1956 no fue sofocada por el Comunismo

Etienne Balibar y otros firmantes
Espai Marx/Rebelión

La resolución aprobaba por el Parlamento europeo, el 24 de octubre de 2006, referente al cincuenta aniversario de la revolución húngara de 1956 y a su significado histórico para Europa, en el Párrafo 3, « subraya que la comunidad democrática debe rechazar inequívocamente la ideología comunista represiva y antidemocrática y defender los principios de libertad, democracia, derechos humanos y estado de derecho y tomar una clara posición cada vez que ellos sean violados». Sin embargo, ha sido rechazada una enmienda que condena tudas las iniquidades cometidas en nombre del comunismo, pero en realidad incompatibles con aquel movimiento en cuanto aspiración a la justicia y a la libertad. Los redactores de este documento se asocian a la condena de cualquier acción represiva dirigida a imponer un orden autoritario de tipo imperialista que ahogue la expresión de necesidades, aspiraciones, concepciones en continuo desarrollo en la sociedad civil. Sabemos que la distorsión estalinista del comunismo ha dato lugar, a vasta escala, a acciones repressivas que han comprometido, en la consciencia de millones y millones de mujeres y de hombres, el valor de una idea: la construcción de un sentido común o comunista a partir del cual edificar nuevas formas de vida asociada y de participación civil. Por esto consideramos que los parlamentarios europeos, que han expresado un juicio sumario sobre el comunismo, si exponen a la sospecha o bien de una formación cultural insuficiente o bien de una larvada aquiescencia oportunista.

Es preocupante carencia cultural ignorar un largo itinerario que es historia porque es pensamiento alto, cuyas raíces se llama (por decir solo algunos nombres) el Platón assertore de un mundo inmaterial y de valores ideales que culminan en el Bien y en la Justicia, el Tomás Moro santificado por la iglesia católica también en razón de su utopía igualitaria, un Karl Marx che invocaba la libertad di cada uno como condición de la libertad de todos, y che anche la opinión común de nuestro tiempo reconoce como un grande maestro de la humanidad, un Antonio Gramsci, cuyo pensamiento puede resumirse en el concepto de la historia como anhelo de libertad, y que es el pensador italiano, después de Dante Alighieri, más estudiado y más traducido en todos los continentes. La civilización europea querrá pues, cortar una de sus raíces históricas? Y aquellos cue, desde sus cátedras, imparten a los jóvenes estudiosos o estudiantes la lección de aquellas obras clásicas deberán dejarlas de lado olvidando aquella otra raíz que es la Ilustración? En la historia del siglo XX, mientras la lucha contra el fascismo (en el cual ideología totalitaria y represión política policial coincidían plenamente y bajo cualquier perfil) ha sido la necesaria premisa para reconquistar la democracia, al contrario el anticomunismo virulento ha abierto camino en todos sitios, in Europa como en las Américas, a la subida del fascismo. ¿A quién beneficia entonces rebautizar bajo el signo del anticomunismo la revuelta húngara si la moción misma del parlamenti europeo, en el punto F de las premisas e incurriendo en una contradicción, rinde "homenaje al coraje humano y político de Imre Nagy, el primer ministro comunista-reformador de Hungría" y si ese movimiento fue activamente apoyado por el gran pensador comunista Gyorgy Lukacs? ¿Si incluso la Primavera de Praga fue saludada y guiada por el no menos generoso dirigente comunista Alexander Dubcek? Y tantos y tantos comunistas perseguidos o fusilados por Stalin, ¿tendremos que considerarlos también nosotros (en tanto que habrían sido perseguidos y fusilados por la "ideología comunista") enemigos del comunismo, como los consideraba Stalin?

Pero -decíamos- otros denegadores del comunismo no podrían en ningún caso exponerse a la sospecha, diría Gramsci, de transformismo, ni siquiera inconsciente, si su secundar a los ignorantes o a los intolerantes fuese dictado por la mala conciencia o por la necesidad de hacer perder el rastro de su propio pasado: si fuese así, habría que avergonzarse no de ese su pasado sino de su miseria presente. El juicio sobre las acciones liberticidas, como la represión de Hungría de 1956, no puede y no debe ser contextualmente mitigado ni siquiera aduciendo otras culpas de otros sujetos o de otros tiempos.

Confesamos sin embargo que nos consolaría saber que, en otras circunstancias o en otras sedes, autorizados representantes de los pueblos y de las tradiciones europeas serían más propensas a reconocer los límites, pasados y presentes, de las políticas practicadas y predicadas desde el llamado mundo opulento. Voces malignas podrían insinuar que el muro de Berlín ha creado escuela: en la línea fronteriza que separa México de su más poderoso vecino o en la tierra palestina en la que las tres grandes religiones monoteistas deberían encontrarse y no enfrentarse. Pero más inquietante todavía es quizás el muro ideológico (ciertamente incompatible con los principios clásicos de libertad y con las máximas cristianas de la caridad, también ellas una raíz profunda de la civilización europea), ese muro que homogeneiza en una multitud interminable de cuasiparias, a escala mundial y en el seno de las propias naciones occidentales, a aquéllos que están estructuralmente excluidos del mercado, del trabajo e incluso del alimento cotidiano.

Etienne Balibar, philosophe, Université La Sorbonne, Paris

Giorgio Baratta, Presidente della International Gramsci Society-Italia, Università di Napoli “L’Orientale”

Jacques Bidet, philosophe, Directeur de la revue “Actuel Marx”, Paris

Derek Boothman, Professore di Traduzione, Università di Bologna

Giuseppe Cacciatore, Direttore del Dipartimento di Filosofia, Napoli

Carlos Nelson Coutinho, Profess. Univers. Federal Rio de Janeiro

Patrizio Esposito, fotografo e artista grafico

Dario Fo, Premio Nobel per la Letteratura

Rada Ivekovic, Professeur università, Paris

Guido Liguori, Università di Calabria e dirigente International Gramsci Society-Italia

Marina Paladini Musitelli, Professoressa di Letteratura Italiana, Università di Trieste

Alessandro Portelli, Professore nell’Università di Roma La Sapienza

Giuseppe Prestipino, Università di Siena, Presidente onorario del Centro per la Filosofia Italiana

Franca Rame, attrice, eletta nel Senato della Repubblica Italiana

Annamaria Rivera, Professore di Etnologia, Università di Bari

Rossana Rossanda, scrittrice e giornalista

Edoardo Sanguineti, poeta, critico, Professore nell’Università di Genova

Silvano Tagliagambe, Professore nell’Università di Sassari

André Tosel, Professeur de Philosophie, Université de Nice

Mario Tronti, Università di Siena, Presidente del Centro per la Riforma dello Stato

Pasquale Voza, Università di Bari, Presidente del Centro Interuniversitario per gli Studi Gramsciani

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9 Diciembre 2006

"Por qué reinará Felipe VI" -de Jaume D'Urgell

[- cursivas y subrayado míos -D. de T.]

Aunque solo sea por unos minutos, dejemos de repetir la letanía que se nos impone desde cada parroquia, y recapacitemos con sosiego e independencia. Partiendo únicamente los hechos, tras la manifestación del 6 de diciembre de 2006, cabe concluir que tanto por la caída en el número de asistentes, como por las circunstancias que rodearon su organización y desenlace, se impone la necesidad de llevar a cabo una profunda reflexión acerca de dónde nos encontramos y qué pretendemos.

Recuerdo que el padre Matías solía repetir una y otra vez eso de “tener temor de Dios, presencia del Señor”… mas hete aquí que contrariamente a lo que el pobre podía esperar, sus palabras me llevaron a desarrollar una curiosa forma de empatía: la manía de cavilar qué es lo que pensará aquel que se propone controlarnos. Todo eso viene a cuento por que, en política, con demasiada frecuencia se nos olvida pensar en cómo se ven nuestras acciones desde la perspectiva de los oligarcas de la partitocracia, los “señores de la guerra” y en resumen, desde esa minoría de favorecidos por eso que llamamos el sistema capitalista.

¿Qué pensará Juan Carlos –el sucesor de Franco–, de que a una manifestación en defensa de la democracia asista menos del uno por mil de la vecindad madrileña? ¿Qué pensará el líder de la patronal al saber que las grandes centrales sindicales no convocan a la clase obrera para protestar contra la neodictadura? ¿Qué debe sentir el genocida que nos metió en Irak, cuando le dicen que quienes trabajamos por la consecución de un Estado de derecho invertimos el tiempo en tirarnos los trastos a la cabeza? ¿Qué pensará el lector-tipo de La Razón o El Mundo, el oyente de la COPE u Onda Cero, o el internauta de Libertad Digital o Hazte Oir, cuando recibe la noticia de que “unos centenares de radicales bramaron ayer por las calles de Madrid, contra la estabilidad constitucional de que disfrutamos”?

Pero esto no es lo peor, lo peor es imaginar lo que pensarán las personas a quienes pretendemos representar: ¿Qué imagen le damos a un obrero precarizado? ¿Qué puede pensar una joven inmigrante al ver a lo que nos dedicamos quienes se supone que deberíamos velar por sus derechos? ¿Qué sentimientos despertamos entre los estudiantes adolescentes que empiezan a formarse una idea de la política? ¿Qué sentirá al vernos discutir, una viuda exiliada que regrese a nuestras tierras?

¿Por qué le interesa un Felipe VI a la derecha?

Para la derecha, el principal riesgo de abrir un proceso que conduzca a un cambio en la forma de gobierno –que afecte al menos, a la jefatura del Estado–, está en la posibilidad de que un sector más o menos amplio de la ciudadanía intente aprovechar la ocasión para introducir cambios más profundos en la estructura y organización del Estado, cambios que supongan una reducción del déficit democrático y que –por tanto–, hagan peligrar la pervivencia del actual sistema de privilegios que tanto beneficia al capital. Adoran las tradiciones, porque creen que así nada cambiará.

La derecha –integrada por los defensores de lo arbitrario, para entendernos–, se siente fuerte en su cómoda posición actual: controla la economía, dispone del monopolio del terror armado, maneja el poder judicial a su antojo, determina qué debemos saber y que no conviene que veamos, utiliza sin rubor la carta del miedo, intenta reescribir los hechos históricos, ignora deliberadamente el sufrimiento de las víctimas que le son ajenas, y juega a capricho con las ambiciones particulares, con tal de no ceder en las aspiraciones colectivas.

El procedimiento es laborioso y exige medios, o mejor dicho: dinero, pero eso nunca ha representado una dificultad insalvable para el capital. Constantemente y de forma estudiada, los medios de comunicación de masas se dedican a jugar una partida que se basa en dos ideas muy simples: desprestigiar al movimiento republicano y presentar como bueno al sistema actual. Para ello no dudan en destapar la amenaza de una nueva Guerra Civil, con el fin de generalizar la idea del “Virgencita, virgencita, que me queda como estoy”. Guerra Civil, que, recordémoslo, no fue una auténtica guerra sino un atentado terrorista masivo, cometido precisamente por la jerarquía de quienes juraron defender al Pueblo, su Constitución e instituciones democráticas. Atentado en masa, que habría de convertir España en un pobre corral de muertos (1).

Desde la infancia se nos dice que la realeza es bonita. Todo eso de los cuentos de princesas encantadas, y príncipes apuestos, que cabalgan a lomos de blancos corceles mientras los labriegos trabajan en el campo, bajo la permanente visión de las murallas de castillo real y una iglesia gótica. Es un argumento literario maravilloso, pero lamentablemente no guarda ningún punto de conexión con la realidad presente. Toda esa mierda de los Caballeros de la Mesa Redonda no tiene nada que ver con las preocupaciones actuales de la clase trabajadora: la necesidad de un empleo estable, higiénico, seguro y con un sueldo digno; la exigencia del mejor sistema sanitario posible; la necesidad de dejar de atormentar a otros pueblos con nuestras armas, mentiras y barreras; lo imprescindible de garantizar el acceso a una educación pública, gratuita, laica y universal… todo eso no tiene nada que ver con los extemporáneos cuentos de hadas cuya culminación máxima se representa por un estúpido sombrero metálico llamado corona.

A diario nos arrojan su compuesto informativo, formado por una mezcla de prensa rosa y política: “mira qué bonita es la niña”, “qué inteligente parece ella”, “qué galán y que alto es él”, “qué campechano resulta el viejo”… todo eso, unido al estrepitoso silencio que impide que el pueblo llano sepa de cualquier información que pudiera resultar incómoda para la Casa Real, un silencio que va más allá de los medios de comunicación y tradicionalmente se ha extendido a campos tan sensibles como la redacción de los libros de texto o la definición de los contenidos pedagógicos en la enseñanza primaria. Sin duda, es la reedición de la vieja sentencia que reza que no se puede desear lo que no se conoce (2). Todo ello dibuja un panorama desinformativo que nos permite afirmar con rotundidad que hoy por hoy, en España, la realeza es irreal.

Como ya se ha dicho alguna vez: lo del rey es lo de menos, lo peor del régimen no es el detalle de que por encima de los políticos electos permanezca un militar designado a dedo por un genocida… lo peor de todo son las estructuras de poder que subyacen en la actual Constitución: una confusa mezcla de amenaza militar, falsedad en el procedimiento de elección, fusión de poderes legislativo, ejecutivo y judicial, perversión de lo que deberían ser las figuras-clave en verdadera democracia: como la designación “controlada” de la fiscalía general del Estado, del defensor del Pueblo, de los miembros del Tribunal Constitucional, de los del Supremo, el mantenimiento de tribunales de excepción como la Audiencia Nacional, el nulo control efectivo del servicio secreto, la existencia de un legislativo unicameral –nos digan lo que nos digan–, la perpetuación de la corrupción, la ignominia de la financiación de los partidos políticos, la persistencia en el uso de torturas, el sometimiento y la instrumentalización de la judicatura bajo los designios del capital, a través de los partidos mayoritarios, y un largo etc.

Ese es el verdadero régimen neofranquista que bajo el disfraz de monarquía, se nos pretende vender como democracia coronada, o monarquía republicana. Hablar de República no significa solo destronar a un señor feudal que se lo ha montado muy bien para llegar hasta nuestros días. No. Lo que está en juego es la desaparición de un sistema injusto, que hace posible que el Estado sea un títere en manos de doce psicópatas y unos diez mil ambiciosillos.

Todo, con un fin: conservar es bueno. Que nada, ni nadie alteren este sistema de privilegios que justa o injustamente tanta comodidad proporciona a unos pocos (a los que por algo se les llama conservadores). La razón no importa, pues como algunos han llegado a reconocer: “para eso ganamos una guerra”.

¿Cómo ayuda la izquierda a la coronación de Felipe VI?

A pesar de la tendencia a matar al mensajero, un poco de autocrítica no nos vendría mal: hay muchas cosas que no hacemos bien, y si no estamos dispuestos a reconocerlo, mal podremos enmendar nuestros errores. Como en las matemáticas, analizar un problema puntúa al menos como la mitad de su solución, es más, supone un paso previo ineludible y en nuestro caso, es además un ejercicio de honestidad política: si estamos dispuestos a realizar un análisis, debemos afrontar la posibilidad de que alguna de las conclusiones del mismo resulte crítica o desfavorable respecto de cómo tratamos de lograr nuestros objetivos.

Lo primero: hacemos mal en ir por separado. Por muchas razones, pero fundamentalmente porque con el sistema electoral vigente, cuando se divide una fuerza política, la suma de cada una de las dos partes resultantes es inferior al conjunto original ¿Por qué? Habría que haberle preguntado a Victor d'Hondt, cuyo desproporcionado método de reparto de escaños inspiró a nuestros audaces legisladores.

Huelga añadir que toda escisión política implica dedicar esfuerzos a improductivas luchas intestinas, cuando en lugar de ello, se supone que se deberían utilizar todas las fuerzas para la defensa más eficaz posible de aquello que un día llevó a unos y otros a intervenir en política: la búsqueda de un mundo mejor, más justo, libre, igualitario, fraterno, democrático, pacífico, autodeterminado, austero y laico.

Nos equivocamos también al creer que la República es solo de izquierdas. Una República en la que existan condiciones sistémicas que imposibiliten el que la derecha pueda acceder al gobierno, no sería una auténtica democracia. Se puede concebir una República Socialista, sí… pero solo por cuatro años (renovables). Deberíamos tener muy claro que un régimen que impida que una determinada opción ideológica acceda pacífica y limpiamente al poder no puede ser llamado democracia. Naturalmente, deben existir mecanismos como la limitación en la capacidad de gasto electoral, que contribuyan a reducir la diferencia de potencial mediático existente entre las diferentes opciones políticas y los grupos de interés que las apoyan, pero el Estado no puede tener un apellido ideológico permanente. Yo no quisiera ser ciudadano de una República Neoliberal, pero tampoco de una República Comunista. Las instituciones del Estado deben ser neutras, y estar sometidas en cada momento al dictamen de la fuerza más votada, sea la que sea. Esto no solo es importante para garantizar la estabilidad del sistema una vez constituido, sino que afirmarlo, supone un ejercicio de honestidad democrática que contribuye a deshacer muchos de los argumentos falaces con los que los sectores más ultra-conservadores intentan atemorizar a la población.

Otro gran error de la izquierda, es que hacemos mal en plantear como irrenunciables posiciones claramente inalcanzables: hay que desearlo todo, sí, pero no se puede alcanzar un décimo piso sin pasar antes por el quinto, a menos que pretendamos volar o volarlo, y lo cierto es que no necesitamos ni más trepas, ni más voladuras. Debemos tener los pies en el suelo, e ir a por el todo, pero paso a paso. Esto no significa abogar por un falso reformismo, solo una completa ruptura democrática puede acabar con la estructura de un sistema dictatorial disfrazado, como el que predomina en buena parte de Occidente, y en particular aquí, en esta parte de la península que no es Portugal. Debemos ser capaces de hacer concesiones tácticas, de renunciar por el momento a lo no esencial… estar dispuestos a ceder un poco, para alcanzar unos acuerdos mínimos, que nos permitan avanzar hacia escenarios mejores para el conjunto de la ciudadanía. Y desde allí, ir siempre a por más, sin violencia, pero sin límite.

Hacemos mal en no disponer de referentes identificables, y permitir que los que tenemos sufran más y más erosión de los medios. Nos unen la defensa de los Derechos Humanos y la tricolor, sí, pero ésta se ve una y otra vez vejada y manipulada sin el menor conocimiento ni respeto hacia los valores cívicos que representa, ni al elevado número de vidas humanas sacrificadas por su defensa. Deberíamos unirnos, y elegir periódica y democráticamente a personas honestas y respetables que nos permitieran disponer de caras públicas, con nombres y apellidos, quizá la idea de la representación cause rubor a más de uno, pero el juego político funciona así: el pueblo debe reconocer ideas vinculadas a nombres, imágenes, eslóganes y fuerzas políticas concretas, de lo contrario, todo se disuelve en una amalgama difusa y amorga, como la presente. Y no es seguidismo sino simple organización democrática, pues cien necios puestos en montón no hacen una persona de talento (3).

Además, hacemos mal en no predicar con el ejemplo. ¿Cuántos de quienes conocen bien el funcionamiento interno de las diferentes organizaciones que componen la izquierda se atreverían a pasar la prueba del polígrafo al afirmar que sus partidos son ciega, total y absolutamente democráticos? ¿Qué porcentaje de profesionales de la política de izquierdas pueden permanecer 24 horas sin mentir en ningún momento? ¿Y una semana? ¿Quién está dispuesto a sacrificar su carrera política a favor del Bien Común? ¿Cuántos seguirían “en esto”, aún a riesgo de correr la misma suerte que nuestros padres y abuelos?

Nos equivocamos al no atraer a sectores sociales más amplios. No podemos prescindir del mundo de la cultura, no ya para utilizarles a modo de señuelo o reclamo con el que atraer a la concurrencia a un acto público. Me refiero a una cosa bien distinta: necesitamos tender puentes entre la clase política, la sociedad civil y la intelectualidad. Buscar pensadoras comprometidas, actores verdaderamente demócratas, escritoras sin complejos, pintores locos de bondad, escultoras que den forma al pensamiento, músicos de alegría consciente… sin falsos elitismos, sin idolatría ni vacío afán de protagonismo.

Debemos también recuperar la ilusión militante de aquellos a quienes llevamos años desmovilizando con nuestra estúpida ambición. ¿Cuántos obreros comprometidos cayeron víctima de algún necio que temía perder su plaza de liberado, su bastón de regidor o su acta de diputado? Debemos recuperar la honestidad como valor, a nivel de íntima convicción, porque sin duda eso tendrá alcance en nuestra esfera pública. Debemos comportarnos como verdaderos demócratas, porque es inútil defender algo mediante procedimientos contrarios a lo que tratamos de conseguir. La verdadera honestidad muchas veces genera indefensión… uno queda expuesto a la ambición de los demás… la tentación está ahí… a veces parece que siendo un cabrón se pueda conseguir más, antes… pero es una ilusión. Sin coherencia, solo nos quedará un manto de hipocresía que a duras penas servirá para ocultar la peor forma del fascismo: aquella que dice ser justo lo contrario de lo que realmente piensa y hace.

Erramos al caer en el sectarismo, para empezar, utilizándolo como arma arrojadiza, tachando a los demás de sectarios con el fin de favorecer a nuestro propio sectarismo. Tampoco se debe confundir el apego con la idolatría, ni debemos permitir que la lealtad por otra persona o hacia unas siglas, permanezca por encima de nuestra capacidad de discernimiento. No importa el pasado, cuando los hechos cambian (u ofrecen visiones que hasta ahora desconocíamos), debe también cambiar nuestra percepción sobre los mismos. No hay que establecer vínculos entre discrepancia y odio irracional. No debemos aplaudir a nuestro equipo haga lo que haga, porque esto no es el fútbol, sino la política. Aquí no estamos para dar espectáculo, ni para crear afición. Estamos para combatir la injusticia, tenga la forma que tenga, y eso requiere tolerancia. Superada la forma más elemental de tolerancia –que es la que nos lleva a aborrecer de la violencia–, debemos además ser capaces de ir más lejos, y tratar de convivir y llegar a acuerdos con grupos e individuos cuyas ideas no coincidan plenamente con las nuestras, porque solo así conseguiremos cumplir con nuestro cometido en pro de una sociedad más justa.

¿Hay algo que la izquierda haga bien?

Bueno, al menos estamos debatiendo, existimos porque razonamos. Nos adaptamos a escenarios cambiantes. Mantenemos cierta capacidad de movilización. Seguimos siendo más los oprimidos que los opresores –pese al tremendo síndrome de Estocolmo que acusa una parte de nosotros–. No disponemos de excesivos medios, pero contamos con la razón de nuestro lado: en su esencia más básica, defender la capacidad del Pueblo para decidir sobre los asuntos que le afectan, tiene que ser necesariamente justo. Abogar por los derechos de las clases más necesitadas no puede ser ni erróneo, ni malo. Pretender el cumplimiento efectivo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos supone estar en el lado opuesto al de los fascistas, y eso, ya lo tenemos ganado.

Hay más cosas que la izquierda hace bien. Precisamente, nuestra principal debilidad es también nuestra mejor ventaja: somos diversos, plurales, de izquierda es cualquier pensamiento que favorezca el interés de los más humildes, y eso implica una riqueza ideológica que engloba la mayor parte de sensibilidades políticas existentes. Ahora, solo debemos ser capaces de dar cauce a esta variedad ideológica, para encontrar un nivel común mínimo, que haga posible la Unidad Anticapitalista.

Y más aún: con el paso de los años la izquierda ha sabido extirpar de su seno los vestigios más oscuros de etapas pasadas de la civilización, como la negación de la mujer, la exclusión social de los afectados por determinadas dolencias, el odio étnico, cultural y religioso, la discriminación de las minorías por orientación sexual o identidad de género… aspectos todos ellos en los que la derecha todavía tiene mucho que avanzar.

La izquierda –concretamente, la socialdemocracia más aburguesada–, ha conseguido hacerse con el control del sistema institucional, aunque sea con el concurso de opciones nacionalistas y sin rebasar la barrera psicológica de las tres quintas partes del legislativo, que otorgan la llave de la reforma constitucional (reforma que debería empezar por la completa derogación de la Carta Magna y conducir a la inmediata apertura de un auténtico proceso constituyente, sin límites ni exclusiones). Porque se quiera o no, el PSOE también es izquierda, quizá una izquierda relativa, desnaturalizada respecto a su fundación como partido, con su cuota de estómagos agradecidos, su connivencia con el capital, y maniatado por un incomprensible miedo a pedir lo necesario… pero a fin de cuentas, el PSOE forma parte de la izquierda.

¿Cómo evitar convertirnos en súbditos de Felipe VI?

Aquí es donde cada persona debemos agudizar el ingenio y volver sobre nuestras raíces ideológicas para atrevernos a decir lo que pensamos, y a hacer lo que decimos. Y por si alguien lo ha pensado: no, pedir la nacionalidad en otro país no vale. Nuestra República requiere de personas serenas y alegres, valientes y osadas, que actúen con independencia, honestidad y altura política.

Deberíamos recuperar el espíritu del Frente Popular –de igual a igual, con sincera voluntad de vencer a los partidarios de lo injusto–; deberíamos atraer al mundo de la cultura –darnos cuenta de lo que representan personas como Carlos Taibo, James Petras, Rosa Regás, Ignacio Ramonet o Juan José Millás–; deberíamos consensuar una declaración de mínimos democráticos que pudiera ser aceptada por fuerzas como el PSUCviu, el PCPE, el PSOE, Batasuna, ERC, CR, CHA, el PCE, IzCa, IU, Yesca, IR, EV, CC, IC, NB o incluso CiU, EJA y el BNG; una Declaración de Mínimos Democráticos, que debería incluir entre otros aspectos la defensa de la clase obrera, el respeto al dictado de las urnas, la renuncia a la violencia como instrumento de política nacional, la unidad de acción, el reconocimiento del derecho a la autodeterminación, el deseo de un marco que garantice la separación, transparencia y autocontrol entre los diferentes poderes públicos, el laicismo y la austeridad como norma de gestión; deberíamos plantear un gran acuerdo programático cuyo eje central fuera la persona trabajadora, sus derechos y su dignidad; deberíamos ser capaces de recuperar la ilusión de la mayoría, trabajar para conseguir el pleno empleo, y que las condiciones de vida de la persona que ocupara la presidencia de la República fueran idénticas a las del más humilde de los miembros de la clase obrera.

Es imprescindible recuperar la ilusión, olvidar el odio y rehabilitar la memoria de quienes lo dieron todo por la defensa de la democracia y un orden auténticamente constitucional.

¿Qué hacer? Leer, ver, oír y reflexionar con independencia. Dudar y cuestionar todo. Cultivar la diversidad sin caer en la diferencia. Apostar por una unión sin fusión. Superar la cultura del pin en la solapa y la declaración bonita, para atrevernos a llegar más lejos y reclamar auténtica democracia aquí y ahora, no para gobernar por el fin mismo del ejercicio del gobierno, sino con verdadera voluntad de hacer posible lo que además de necesario es cada vez más urgente. Para ello hace falta votar a personas honradas, cuyos pasos estén guiados por una genuina vocación de servicio a los demás.

Conclusiones

Felipe VI reinará –o al menos iniciará su reinado–, para satisfacer al interés del capital, para garantizar que nada ponga en riesgo la continuidad de un sistema basado en lo arbitrario, en una injusticia generalizada que se vale de los medios de comunicación para extender la ilusión de que la monarquía es buena, y si me apuran, bella.

Habrá un Felipe VI porque de momento somos incapaces de unir nuestros esfuerzos para avanzar en beneficio de las clases más desfavorecidas. Nos alarma saber que en la India todavía existe un sistema de clases, y parecemos ignorar que desde hace setenta años, permanecemos bajo el mando de un militar, no-electo, vitalicio y hereditario. Nuestras leyes siguen amparando la existencia de un registro civil especial para los títulos de la nobleza y lo que se ha dado en llamar “grandes de España”. La constitución vigente contiene frases que suponen una amenaza para la sociedad civil, lo que es lo mismo que afirmar que en España vivimos bajo un permanente golpe de Estado.

Tenemos rey para rato, porque somos incapaces de unirnos siquiera durante un par de meses, para restablecer un Estado democrático de derecho. Se puede aceptar la inacción por miedo, pero no por negligencia organizadora ni por falta de capacidad para el diálogo.

Tranquilo Felipe, o tus vecinos y amigos de la carretera de la Coruña hacen muy bien su trabajo, o es que somos medio tontos, e incapaces de juntarnos incluso para protestar por algo que a todos nos oprime por igual, como la injusta existencia de tu puesto de empleo (y todo lo que ello supone).

¡Salud y República!

Notas:

(1) Miguel de Unamuno, “En un cementerio de lugar castellano”.
(2) François Marie Arouet, (Voltaire).
(3) Arthur Schopenhauer. “Sobre la sociedad y el estado”.

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6 Diciembre 2006

¡¡¡ LENINADA !!!

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25 Noviembre 2006

Palabras de Vicenç Navarro

(las recuerda Salvador López Arnal en su último artículo)

“El lector recordará que, hace unos años, un obrero de la UGT que tuvo que exiliarse después de la guerra civil debido a su participación en la lucha antifascista, quiso volver a España para morirse en su país, cuando estaba ya en los últimos días de su vida, debido a un cáncer terminal. La compañía española Iberia no quiso acogerle y tuvo que volar en una compañía holandesa. Al leer esa noticia no lloré porque ya he olvidado cómo se llora. Pero me indignó enormemente ese hecho, que tipificaba lo que estaba ocurriendo en nuestro país. En un país con tradición democrática, el jefe de Estado habría enviado su avión particular para recogerlo, y al ir a recibirlo al aeropuerto le habría agradecido su lucha por la democracia. Es precisamente a este obrero y a miles como él a quienes dedico este libro”

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22 Noviembre 2006

Del libro de Robert Fisk (muy recomendable) "La gran guerra..."

"...cuando nos detuvimos en un puesto de control afgano y resultó que los soldados apostados no sabían hablar ruso, el comandante Yuri llamó a uno de sus oficiales tayikos soviéticos para que tradujera. Mientras lo hacía, el comandante señaló al tayiko y dijo: "Musulmán". Sí, captaba. Había musulmanes en el ejército soviético. En realidad, había bastantes musulmanes en la Unión Soviética. Y sin duda en parte con eso tenía que ver toda la invasión [...]
...tenía que admitir que el comandante Yuri parecía un soldado profesional, claramente admirado por sus hombres, y, en la crisis en la que no tardaríamos en vernos envueltos, se comportó con calma y eficacia [...] ¿Qué pensaba, me preguntó, de la señora Thatcher? Le expliqué que en Gran Bretaña se tenían opiniones diferentes acerca de nuestra primera ministra -prudentemente me abstuve de dar la mía-, pero que se permitía sostenerlas con entera libertad. Dije que el presidente Carter no era el hombre malvado que se describía en la prensa de Moscú.
El comandante Yuri me escuchó en silencio. ¿Y qué opinaba él del presidente Brezhnev? Sonreí de oreja a oreja. Yo sabía lo que él tenía que decir. Y también él. Sacudió la cabeza con una sonrisa. "Creo -dijo lentamente- que el camarada Brezhnev es un muy buen hombre." El comandante Yuri era un hombre instruido. Conocía a Tolstoi y admiraba la música de Shostakovich, sobre todo la sinfonía Leningrado, pero cuando le pregunté si había leído a Aleksander Solzhenitsin, sacudió la cabeza y golpeó la funda de su pistola.
"Esto -dijo- , es para Solzhenitsin."

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"El totalitarismo se ha expandido por doquier en la medida en que la estructura supranacional impone su ley a las naciones. Existe una superestructura no democrática que da las órdenes, sanciona, fija embargos, bombardea y mata de hambre. El totalitarismo financiero ha sometido a los poderes políticos. El totalitarismo es frío. No conoce de sentimientos ni piedades. Es preciso subrayar que no podemos resistir frente a un banco, y sin embargo se puede salir de cualquier dictadura política" -Alexander Zinoviev- ----------------------------------------------------------------------------------- "SI NO SOIS SUSPICACES LOS PERIODICOS LOGRARAN QUE ODIEIS A LOS OPRIMIDOS Y AMEIS A LOS OPRESORES" - Malcolm X (1964) ----------------------------------------------------------------------------------- "Por tanto, este problema requiere un nuevo equilibrio internacional. Un nuevo orden económico y político mundial. ¿Cómo se resuelve sin pérdida de la capacidad de acumulación del sistema capitalista, del Norte en relación con el Sur? ¿Qué formación política va a plantear eso de una manera descarada? ¿Van a llegar los socialistas y van a decir: "Para que ustedes no se horroricen cada noche cuando conectan el noticiario y ven los niños de Somalia muriéndose de hambre, aprétense más el cinturón: no por la reconversión industrial, sino porque hay que repartir la capacidad de producción, de consumo y de acumulación"?" Manolo Vázquez Montalbán

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