He aquí como ha descrito "el extraño tipo de simbiosis entre Milosevic y los serbios" Aleksandar Tijanic, un importante articulista serbio que por un breve período fue también ministro de Información y Medios de Comunicación con Milosevic. "En conjunto, Milosevic gusta a los Serbios. Con él en el poder, los serbios han abolido el tiempo de trabajo. Nadie hace nada. El ha permitido el florecer del mercado negro y del contrabando. Se puede aparecer en la TV de Estado para insultar a Blair Clinton o cualquier otro de los dignatarios mundiales [...].
Además Milosevic nos ha concedido el derecho a tener armas. Nos ha concedido el derecho de resolver todos nuestros problemas con las armas. Nos ha concedido el derecho de conducir coches robados. [...] Milosevic ha cambiado la vida cotidiana de los serbios convirtiendola en unas largas vacaciones y nos ha permitido a todos nosotros sentirnos como estudiantes de instituto en un viaje de fin de curso. Esto significa que nada, pero verdaderamente nada, de aquello que hagamos puede ser objeto de castigo" (Aleksandar Tijanic, "The remote Day of change" , Mladina, Ljubiana 9-Agosto-1999).
Un cliché que desmontar
Va siento desmontado así el cliché según el cuál un fuerte sentimiento de identificación etnica restauraría un conjunto de valores fuertes y de principios frente a la desconcertante inseguridad de la sociedad global secularizada moderna. El fundamentalismo nacionalista es más bien el valedor de un mal disimulado "¡Podeis!".
La sociedad 'postmoderna' de hoy, hedonista y permisiva, está cada vez más saturada de normas y reglamentaciones que deberían servir a nuestro bienestar (restricciones al humo y a la alimentación, normas contra los acosos sexuales).
En este contexto la referencia a un fuerte sentimiento de identificación étnica, lejos de contenernos ulteriormente, funciona como un liberador ¡Podeis!. Podeis violar las rígidas reglas de la coexistencia pacífica de la sociedad liberal tolerante, podeis beber y comer cuando querais, comportaros según tradiciones patriarcales prohibidas por lo 'políticamente correcto' de estampa liberal, e incluso odiar, combatir, matar y violar...
Sin el pleno reconociminto de este efecto pseudo-liberador del nacionalismo de hoy, nos auto-condenamos a no aprehender la verdadera dinámica de la ascensión de Milosevic, hecha posible por las específicas condiciones de la crisis de Yugoslavia en los años '80 del siglo veinte.
El poder explosivo del movimiento de Milosevic, tuvo su detonante en la fusión de dos ingredientes originalmente desconectados el uno del otro, incluso opuestos: la nomenklatura comunista en lucha por conservar el poder , y el nacionalismo anticomunista cultivado sobretodo por poetas y escritores conservadores. Las cosas tomaron un cariz catastrófico cuando en Serbia en 1986, la misma nomenklatura adoptó el nacionalismo como estrategia de supervivencia.
Cierto, Milosevic ha "manipulado" los sentimientos nacionalistas, pero fueron los poetas los que le proporcionaron un material que se prestaba a la manipulación. Estuvieron ellos -los poetas sinceros, no los políticos corruptos- en el origen de todo ésto cuando, en los años '70 y al inicio de los años '80 , comenzaron a arrojar las simientes de un nacionalismo agresivo no sólo en Serbia, sino también en otras repúblicas ex-Yugoslavas. En vez del complejo militar-industrial, en la post-yugoeslavia hemos tenido el complejo poético-militar, encarnado por Radovan Karadzic, el poeta guerrero serbo-bosnio.
En la "Fenomenología del Espíritu" Hegel habla del "silencioso trabajo del Espíritu": el trabajo subterráneo para modificar las coordenadas ideológicas, casi del todo invisible a los ojos de la opinión pública, que explota después de pronto cogiendo a todos por sorpresa. Esto es cuanto ocurría en la exYugoslavia de los años setenta y ochenta, así que cuando las cosas explotaron al final de los '80 era ya demasiado tarde. El viejo consenso ideológico ya putrefacto, implosionó. En los años 70 y 80 Yugoslavia era como el proverbial gato de los dibujos animados, que continúa caminando sobre el precipicio: cae sólo cuando , al final, mira hacia abajo y se da cuenta de que no tiene la tierra bajo sus pies. Milosevic ha sido el primero en obligarnos a todos a mirar verdaderamente hacia abajo, al precipicio. Debemos por tanto liquidar aquella que es la más perjudicial de las ilusiones de pseudo-izquierda: la idea de que en la Yugoslavia de finales de los 80, los comunistas no nacionalistas hayan perido una ocasión de otro para unirse contra Milosevic en la plataforma democrático-socialista aspirante a salvar la herencia de Tito. En 1989, en una reunión del Politburó de la Liga Yugoslava de los comunistas dedicada a la memoria de Tito, se intentó efectivamente hacer frente común para defender la herencia de Tito contra el asalto del nacionalismo de Milosevic, pero el espectáculo fue uno de los más tristes y ridículos jamás vistos. Los comunistas "democráticos" (el croata Ivica Racan, que sostuvo el discurso inaugural, el esloveno Milan Kucan etc.) querían demostrar una obviedad, una suerte de verdad de perogrullo, esto es, que el nacionalismo serbio sostenido por Milosevic minaba los mismos fundamentos de la Yugoslavia de Tito. El problema de esta estrategia fue que ésta falló miserablemente porque "los defensores democráticos de Tito" se pusieron en fuera de juego adoptando una posición ridícula insostenible y perjudicial para ellos mismos: para defender las potencialidades democráticas contra la amenaza nacionalista pretendieron hablar en nombre de la misma ideología en contra de la cuál se había posicionado el movimiento democrático yugoslavo. De este modo, pusieron las cosas más fáciles a Milosevic a la hora de lanzar su mensaje, que sonaba así : "¡Vosotros estais todavía poseídos por fantasmas de una ideología que ha perdido su poder, mientras que yo soy el primer político que tomado consciencia plena de las consecuencias del hecho, negado por vosotros, de que Tito ha muerto!". Así una fidelidad muy superficial a la herencia de Tito inmovilizó a la mayoría de la Liga Yugoeslava de los Comunistas, dejando la iniciativa política en manos de Milosevic.
Agarrados a viejos fantasmas
La verdad del triste espectáculo del final de los años '80 es que Milosevic fijó las reglas y determinó la dinámica política: él actuaba , mientras las otras facciones presentes en la Liga de los Comunistas se limitaron a reaccionar En vez de agarrarse a viejos fantasmas, el único modo de contrarrestar eficazmente a Milosevic habría sido el de arriesgar un paso más que él: someter abiertamente a una crítica radical la misma herencia de Tito. O, por decirlo en términos más patéticos: no ha sido sólo Milosevic el que ha traicionado la herencia de Tito en un nivel más profundo; los mismos defensores del titoísmo, contrarios a Milosevic, los representantes de las nomenklaturas locales preocupados por perder sus privilegios, estaban ya agarrándose sólo al cadaver del titoísmo ritualizado. Había motivos en el modo en el cual el movimiento populista de Milosevic desmontó las nomenklaturas locales de Vojvodina y Montenegro (las llamadas 'revoluciones del yoghourt').
Hace un par de años uno de los mediadores americanos dijo que Milosevic no era solo una parte del problema: era más bien el problema. ¿Pero ésto no estaba claro desde el inicio? ¿Por qué entonces, el interminable titubeo de las potencias occidentales, que durante años han secundado a Milosevic legitimandolo como un factor clave de estabilidad en la región y evitando interpretar como guerra civil o incluso tribal algunos episodios claros de agresión Serbia? ¿Por qué, inicialmente, éstas golpearon a aquellos que habían visto inmediatamente aquello que Milosevic representaba y por tanto querían desesperadamente sustraerse de su alcance (véase el apoyo público de James Baker a una "limitada intervención militar" contra la secesión Eslovena) apoyando al precedente primer ministro yugoslavo Ante Markovic cuyo programa, en un increíble caso de ceguera política, fue seriamente considerado como la última oportunidad para una Yugoslavia unificada, democrática y orientada al mercado?
Combatiendo a Milosevic occidente no combatía a su enemigo, uno de los últimos puntos de resistencia contra el "nuevo orden mundial" liberal-democrático; estaba más bien combatiendo a su propia creación, un monstruo crecido a continuación de los compromisos e incongruencias de la misma política occidental.
Milosevic tenía por tanto plena razón cuando, en La Haya, acusó a Occidente de tener doble rasero recordando a los líderes occidentales como, hace menos de diez años, cuando ya sabían aquello de lo que le habrían acusado después, lo acogían como a un hombre de paz. Esta es la verdadera pregunta sobre Milosevic: no por qué haya sido indicado como el principal culpable, sino por qué haya sido tratado durante tanto tiempo como un compañero aceptable.
¿Imperio global? No, Estado-Nación
Esta pregunta incluye no sólo a algunas potencias de Europa occidental como Francia o Gran Bretaña, con su prejuicio filo-serbio, sino también los EEUU. Esta nos pone frente a la paradoja central de la política americana de hoy: no que los EEUU sean un nuevo imperio global, sino que no lo son. Fingiendo serlo, ellos continúan actuando en realidad como un estado-nación, persiguiendo despiadadamente sus propios intereses.
Es como si las líneas-guía de la reciente política de los EEUU fueran una grotesca desviación del conocido lema ecologista: actúa globalmente, piensa localmente. Esta contradicción está ejemplificada del mejor modo en la doble presión que los EEUU ejercieron sobre Serbia en el verano del 2003: los representantes de America pidieron al gobierno serbio que entregase a los sospechosos criminales de guerra al tribunal de la Haya (en honor a la lógica del imperio global que pretende tener una institución judicial trans-estatal) y que firmase al mismo tiempo un tratado bilateral con los EEUU que obligaba a Serbia a no entregar a cualquier institución internacional (comprendido el mismo tribunal de La Haya) a ciudadanos Norteamericanos sospechosos de crímenes de guerra u otros crímenes contra la humanidad (en honor a la lógica del estado-nación). Nada de qué sorprenderse si la reacción serbia fue de incredulidad y rabia...
Así, cuando a propósito del tribunal de La Haya Timothy Garton Ash sostiene patéticamente . "A ningún Führer o Duce, a ningún Pinochet, Idi Amin o Pol Pot se le debería conceder sentirse al resguardo de la intervención de la justicia humana detrás de los portones de los palacios de la soberanía", debemos sencillamente tomar nota de qué falta en ésta serie de nombres que , aparte de la pareja estándar de Hitler y Mussolini, contiene tres dictadores del tercer mundo (y Milosevic): ¿dónde está al menos un nombre de los Siete Magníficos, - digamos, uno como el de Henry Kissinger?
En vez de ejercitarse en discutibles variaciones sobre el tema "...el tirano ha logrado escapar de su merecido castigo?" , occidente debería usar la oportunidad de la muerte de Milosevic para reflexionar sobre los fallos de su propia política.
trad. Antonio J. Antón , de "Il Manifesto"

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