"La in-actual política de la verdad" de Sandro Mezzadra - Il Manifesto
"Repetir Lenin", un libro de S.Zizek. En una realidad que lleva a triturar en el puré postmoderno cada proyecto de transformación, cualquier nostalgia por Lenin está destinada a la confirmación del statu quo. Para el filósofo esloveno debe ser acogido sin embargo el núcleo central de su reflexión, es decir, el conflicto de clase como fundamento de la acción política.
"Yo leía y me regocijaba, y atento, seguía, gozoso, la misteriosa curva de la recta de Lenin".
Es un cuento famoso, traído de "La armada a caballo" de Isaak Babel, que ha permitido durante mucho tiempo, a generaciones de militantes, proclamar la propia fidelidad a Lenin contra "procesiones y mausoleos, con la regla de la admiración", por citar lo que escribía a pocos meses de la muerte del dirigente bolchevique otra figura de la literatura soviética de los años veinte, V.Majakovskij, indicando que los saltos y las discontinuidades que marcan el devenir de la lucha de clase, y de los que el propio Lenin ha sabido apreciar magistralmente y resaltar la relevancia para la teoría y para la acción política revolucionaria, hacen vana cualquier pretensión de linearidad al reconectarse a su obra, ridiculizan cualquier embalsamación metafórica o literal. Pero para introducir a la lectura del reciente libro de Slavoj Zizek, "Repetir Lenin" (en el original "Tredici volte Lenin.Per sovvertire il fallimento del presente" , ed.Feltrinelli, en Castellano "Repetir Lenin" ed. AKAL , o la edición argentina "A propósito de Lenin" ed. Atuel --N.del T.) es ocasión de proceder más allá, apenas un párrafo, en los cuentos de Babel, y recordar las palabras pronunciadas por Surovkov, "el más anciano de los cosacos", nada más el narrador ha acabado de leer el artículo de Lenin: "la verdad se deja olfatear por todos, pero lo hermoso es sacarla del montón, y él la coge de un golpe sólo, como hace la gallina con el grano...".
Pues bien, la verdad está en el centro del libro de Zizek. Aquí está su carácter intempestivo, notablemente más allá de la simple elección de dedicar a Lenin un denso panfleto. Ciertamente, se podría pensar a la enésima provocación del ecléctico filósofo esloveno, crecido en la escuela de Lacan y habituado a citar películas y series de televisión destinadas al público de masas. Pero quien conoce su obra de los ultimos años sabe que no se trata de ésto, y habrá registrado con qué puntualidad la referencia al "significante Lenin" recorre en los momentos de mayor alcance teórico-político del trabajo de Zizek -en el importante capítulo sobre las vicisitudes de la "subjetivación política" en "El Espinoso sujeto" por ejemplo, o en la intensa discusión sobre el estatuto de lo universal llevada a cabo hace un par de años con Judith Butler y Ernesto Laclau ("Contingencia, hegemonía,universalidad")*.
¿En qué sentido, por tanto, "la verdad" ? Y sobretodo, ¿por qué Lenin? ¿Qué tiene que decirnos el autor de "Materialismo y empiriocriticismo" a los refinados lectores contemporáneos, que han asimilado la carga escéptica del "principio de indeterminación" de Heisenberg y se han abituado al menos a partir de Popper a considerar convencional la base de la ciencia?
La respuesta de Zizek es en fin bastante clara. No se trata ciertamente de rehabilitar la teoría Leninista del reflejo** (que consideraba la conciencia un mero "espejo" de la realidad objetiva): la clave está , si acaso en "revisitar" el materialismo hasta afirmar que "un conocimiento 'objetivo' de la realidad es imposible precisamente porque nosotros, Conciencia , somos ya desde siempre parte de la realidad , en el medio de ella". Las antinomias kantianas son el pan de cada día del materialista: el universo pensado como conjunto no es nada más que Nada, porque el presupuesto de su pensabilidad es la salida de él del sujeto, la ruptura de los vínculos materiales que definen estructuralmente ("ontológicamente") su estatuto.
La teoría del reflejo, por tanto, se muestra a los ojos de Zizek como secretamente idealista: una realidad externa plenamente constituida puede existir solamente "a través de una conciencia inmaterial".
¿Pero, no se funda en última instancia sobre análogos presupuestos la tesis sostenida por Lenin en "¿Qué hacer?" , esto es , la idea de un Partido que "desde el exterior" lleva la conciencia revolucionaria a la clase obrera, interrumpiendo la "natural" deriva corporativa?
No es así, afirma Zizek, y se encarga de demostrarlo a través de una comparación entre Lenin y Kautsky. También éste último hablaba de los "intelectuales" como de un sujeto externo a la clase obrera: justo en virtud de ésta colocación social, ellos podían alcanzar la objetividad de la "ciencia" marxista, llevando como presente las verdades neutras a los obreros.
Bien diferente es la posición de Lenin: para él los intelectuales son externos a la "lucha económica", pero "no pueden serlo en absoluto", escribe Zizek en un paso en el que es evidente la influencia de Althusser, ""en lo que respecta a la lucha de clases", que los captura de hecho en un conflicto de ideologías en el fondo insoslayable.
Aquí nos encontramos por tanto llegados a la cuestión decisiva a la que nos envía "Repetir Lenin". Podríamos definirla como la urgencia de una teoría política de la lucha de clases, impuesta por el pasaje a través de los debates teóricos de los últimos años, desde aquellos sobre multiculturalismo y postcolonialismo a aquellos, decididamente más apreciados por Zizek, sobre el feminismo radical. Contra cada imagen ordenada -y ordenadora- de la realidad social, la lucha de clases es lo Real lacaniano, la herida originaria que impide al mismo sujeto celebrar de modo no problemático la propia soberanía sobre el mundo. La lucha de clases , en otros términos, "es la Forma de lo Social": aquello que sobredetermina cada fenómeno social y hace sencillamente imposible cada pretensión de neutralidad ".
Es el hecho de estar plenamente instalado dentro de ésta forma, y no el disponer de un conocimiento efectivo, determinado de una vez por todas, lo que hace que el partido de Lenin ocupe, en cuanto sujeto político colectivo, "el lugar de la verdad". De una verdad y de un universal, que, y aquí está el sentido del discurso de Zizek, no solo no excluyen el "partidismo" , sino que la asumen como propia condición material de posibilidad condicionandola a su vez: en cada situación concreta, de hecho, "la verdad Universal puede ser articulada solo a partir de una posición profundamente partidista - por lo demás, la verdad es por definición siempre situada de una parte". Es ésta y nada más, la "apuesta de Lenin", históricamente madurada en la soledad y desesperación de la I guerra mundial, de la cuál se trata de restablecer la actualidad.
Tras una cita de Brecht y un chiste sobre el socialismo real, entre una puñalada a los teóricos del multiculturalismo y una revisión de "Matrix" hay mucho más, incluida alguna excesiva redundancia, en el libro de Zizek.
Pero su núcleo duro está aquí, en ésta reivindicación de una política de la verdad que intenta proponer nada menos que el problema del partido, desde una perspectiva desde luego privada de algún elemento arcaico, en el interior de la escena en la que actúan los nuevos movimientos sociales- y en particular aquél que desde Seattle en adelante se ha caracterizado como movimiento global. El "significante Lenin" viene así a coincidir con la política 'tout court', en "el sentido del Universal singular", identificada por tanto con aquella capacidad de relacionarse con la "totalidad de lo social" que es la que consiente reactivar la crítica del capitalismo y, como Zizek muestra de modo convincente en un cercano diálogo con las posiciones de Badiou, Rancière y Balibar, de la misma democracia.
No se puede negar, a mi juicio, que el análisis de Zizek capte a menudo el signo decisivo, tanto bajo el perfil exquisitamente teórico como en el indicar un conjunto de problemas y dificultades existentes en el interior del "movimiento global". En el ensordecedor silencio de esta extraña postguerra, "Repetir Lenin" resulta ser de hecho una útil y bienvenida provocación para todos nosotros, que formamos parte de aquel movimiento.
Es oportuno todavía señalar que raramente el discurso de Zizek va realmente más allá del plano de la alusión y de la provocación. Y se muestra en particular bastante reticente sobre una serie de cuestiones de decisiva relevancia teórico-política.
De una parte, de hecho, su análisis de las cambiadas formas del capitalismo, conducido esencialmente a través de una comparación con las tesis de Rifkin sobre el "capitalismo cultural", se para en la descripción de las consecuencias que derivan para los estilos de vida y para las formas de propiedad, muestra ciertamente de manera eficaz como sea hoy el trabajo mismo el que "se configura cada vez más como lugar obsceno e indecente, que es necesario sustraer a la visibilidad pública", pero no hace nunca de verdad las cuentas con la cuestión, leninista en el fondo, de las transformaciones de la composición del "trabajo vivo" que les corresponde.
De la otra, lo que podemos llamar el "significante Seattle" es a menudo evocado por Zizek, de tanto en tanto con tonos algo despectivos, para indicar los límites de los nuevos movimientos sociales. Pero no ha investigado desde la perspectiva de hacer emerger el entrelazamiento de saberes y experiencias, de prácticas y de lenguajes que lo constituye y que ha renovado profundamente las condiciones materiales sobre las que se trata de pensar la política - y el mismo problema "leninista" del partido. Pese a ser potente y sugestivo en muchos de sus pasajes, el discurso de Zizek no escapa, así, al menos a ratos, al riesgo de resultar etéreo.
Traducción de A.J. Antón
*: Pueden seguirse las secuelas de aquél debate en los últimos trabajos (y entrevistas) de Ernesto Laclau (víd. "La Razón Populista", ed. FCE , 2005)(N.del T.)
**: teoría en todo caso "marxista-leninista" , o más precisamente la posición de la ortodoxa científica stalinista, el aciago DIAMAT. En qué medida se pueda considerar del propio Lenin es otro asunto, muy dudoso de todas formas (N. del T.)
